jueves, 17 de febrero de 2011

Aeropuerto


Pocos lugares ejercen tal fascinación hipnótica.
Sitios de cruce permanente e incesante de humanidades y objetos.

Baires, San Pablo, Florianópolis, Santiago, Quito, Bogotá, Río, Salvador, Panamá, Miami, Dallas, Houston, Atlanta, San Francisco, Los Angeles, Denver, Chicago, Boston, NYC, Washington, Madrid, Barcelona, Valencia, Londres, Roma, Amsterdam, Atenas, Bologna. En todos pasé minutos u horas, pero lo cierto es que puedo decir que estuve en más aeropuertos que en lugares del mundo.



El aeropuerto tiene una luz que no es propia y un olor que se reitera. Genera un estado a la vez de paz e incertidumbre. Cientos, miles de caras que se cruzan en un cardumen incesante y silencioso.
Porque en los aeropuertos no hay ruidos. Porque lo mejor es crearse cada uno su propio playlist para que la banda sonora de ese momento nos atraviese desde un par de auriculares. Flotar caminando por ese piso siempre alfombrado de alto tránsito. Como en una película. E imaginarse la vida, el pasado y los destinos de cada una de esas caras que seguramente no volvamos a ver jamás.

“Un amor real es como dormir y estar despierto. Un amor real es como vivir es aeropuertos…” le decía el mejor Charly a esa pasajera en trance, pasajera en tránsito perpetuo.

“Su atención por favor. Pasajeros del vuelo 815 con destino a Los Angeles, favor de embarcar por puerta 23…”


No hay comentarios:

Publicar un comentario